¿Conozco que soy un discípulo?

"En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros."
Evangelio según San Juan 13:35

Hace unos cuantos años aprendí la siguiente canción: "Yo te amo porque Dios me obligó. Yo te amo porque Dios me obligó. Porque veo en ti, la cruz que Él me dio. Yo te amo porque Dios me obligo." Con relativa facilidad interpretamos la ley del amor de la misma manera que los diez mandamientos, como una obligación que nos impide actuar con libertad y espontaneidad.

El texto de hoy, Juan 13:34-35, nos invita a volver a revisar la ley del amor. Jesús les dice a los suyos, hay un nuevo mandamiento que les quiero dejar. Es decir, quiero que comprendan que habrá un cambio de paradigma o de hacer las cosas que trastocará su manera de relacionarse unos con otros y conmigo, en otras palabras con el Padre, con Dios. Ese nuevo paradigma tenía una implicación práctica que vendría como parte de una respuesta de fe. El mandamiento consistía "en amar al prójimo, como Dios los amó primero." Por consiguiente, la expresión del amor no es una obligación y mucho menos es algo que debe ser una carga para un creyente. Hablar de amor desde el contexto judeo-cristiano es referirse a la expresión máxima de la relación humana con el Dios Soberano. Es la calidad de la interacción de los discípulos con la expresión de amor de Dios en Cristo, acción que ayuda a comprender la magnitud de la responsabilidad de corresponderle amando al prójimo, el ser sus discípulos.

Es posible que, ¿conozca que soy un discípulo? Seguro que sí. En la medida que he confiado en el amor que Dios tuvo para conmigo primero en Cristo (Juan 3:16) y le respondo amando a mi prójimo, es solo en esa dimensión de la vida cristiana que puedo afirmar que conozco que soy un discípulo. Que así nos ayude Dios. Amén.